El sol apenas rompía el silencio de piedra, filtrándose entre las oquedades del Castillo de San Felipe de Barajas. El aire, siempre denso, conservaba el peso seco de siglos, mientras sobre los muros se extendía la quietud eterna de quienes, como yo, solo entendemos el tiempo en pausas larguísimas.
Soy Zorina, una iguana de escamas gastadas y ojos que han visto más amaneceres de los que pudiera contar un reloj humano. Mi cuerpo se aferra a las rocas antiguas de esta ciudad, Cartagena, pero mi alma pertenece a la memoria y sus rincones olvidados. Desde aquí, desde mi bastión pétreo, he observado cómo la ciudad despliega sus secretos, velados tras la maraña de voces, aromas y susurros.
Una tarde particularmente lenta, mientras el viento jugueteaba con los tendidos eléctricos y el aroma tenue del mar se colaba tras las murallas, noté una presencia distinta. No era la brisa ni el paso impaciente de turistas ni locales. Era un hombre, vestido con un saco oscuro que parecía inadecuado para el calor, recorriendo el perímetro del Palacio de la Inquisición con una mirada temerosa, casi paranoica. Algo en él estaba fuera de lugar, y aunque muchos pueden ignorar lo insignificante, yo aprendí a escuchar las dudas que no se pronuncian.
Lo vi detenerse ante una puerta sellada, sus dedos buscando en los muros una hendija o una grieta, como si esperara que la piedra le respondiera sus preguntas. Pero la piedra guarda silencio, salvo cuando decide revelar sus secretos. Pocos saben que la historia no solo se inscribe en papeles o memorias humanas, sino que también se aloja en lo frío de sus muros, en lo que custodian.
Sentí la brisa cambiar, y con ella, el peso del misterio se hizo denso. El hombre, frustrado, volvió a sus pasos, pero no sin antes arrojarnos miradas que parecían suplicar por algo que no podía articular. Esa noche, las sombras en la Ciudad Amurallada se alargaron como dedos buscando respuestas, y algo en la oscuridad comenzó a susurrar.
Al día siguiente, unos relatos vagos se deslizaron entre las calles: desapariciones pequeñas, objetos extraviados, desapariciones que nadie atribuía a otra cosa que al inexorable paso del tiempo. Pero en mi vigilante paciencia, comprendí que el hombre no buscaba simples objetos ni riquezas decadentes. Buscaba la verdad oculta tras la sombra que cubrió el Palacio y cuyos ecos aún resuenan en el laberinto de piedra.
Me encontré curioso cuando al caer la noche noté una figura encapuchada que, con sumo cuidado y entre susurros apenas audibles, colocaba objetos en las oquedades de los muros del Castillo. No se le veía el rostro, ni tampoco sus intenciones claras, pero su presencia era tangible, una fuerza que hacía vibrar el aire y abrir caminos invisibles en la memoria del castillo.
No soy una criatura acostumbrada a intervenir, no más que la piedra misma no interviene en lo que ve pasar. Pero aquella figura encendió una chispa en mi antigüedad, y por primera vez en mucho tiempo, sentí que debía moverme, actuar, sin prisa, sin alboroto, con la lentitud de quien conoce la permanencia.
Siguiéndola, con cuidado para no revelar mi presencia, la vi introducir en una grieta un objeto pequeño y brillante. Fue entonces cuando mis ojos, que todo lo guardan, vislumbraron el reflejo de un anillo, uno que había desaparecido hace años más allá de los muros, envuelto en historias que nadie se atrevía a contar en voz alta.
A la mañana siguiente, el hombre del saco oscuro regresó, pero esta vez no solo caminó: buscó, palpó las paredes y, con manos temblorosas, encontró aquello que había estado buscando. Su alivio fue silencioso, pero su mirada encontró la mía por un instante. Un pacto tácito entre dos seres que, cada uno a su modo, custodian lo que el tiempo quiere enterrar.
De nuevo, los muros se quedaron en calma, y yo me refugié en mi adormecida eternidad, consciente de que Cartagena no pierde jamás lo que de verdad reclama. Sé, sin embargo, que algunos secretos viven en la delgada frontera entre la piedra y el silencio, y que a veces, solo a veces, una iguana canosa puede ser testigo de verdades que las voces humanas aún no se atreven a pronunciar.
¿Quién fue verdaderamente aquel hombre? ¿Y qué otros secretos quedan dormidos en las entrañas de esta ciudad que se resiste a olvidar? Solo la pared conoce la respuesta, y yo seguiré aquí, arraigada al pasado, esperando.
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Nota: Este relato es una obra de ficción. Los lugares mencionados existen y pueden visitarse.
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