Un anciano zapatero creando calzado artesanal en la plaza principal de Fuentecilla, reflejando sabiduría y paciencia.

El zapatero y la memoria de Fuentecilla

En la plaza Mayor de Segovia, entre la piedra dorada queÊnta viejas historias y elìo distante del tránsito, estoy sentado desde que tengo memoria. Mi taller, pequeño y lleno de pellejos, se alza junto a una fuente donde los niños juguetean con las sombras al mediodía. Soy un zapatero, o eso dicen quienes pasan y se acercan para escuchar el sonido del cuero bajo mis manos arrugadas.

Cada par de zapatos que he creado lleva consigo un pedazo de Fuentecilla; no solo el aroma húmedo del Acueducto después de la lluvia, ni el reflejo del sol que se cuela por los arcos del Castillo de Coca. Es el pulso mismo de este pueblo lo que he cosido enÊda suela, un latido sutil que solo los pasos más atentos pueden sentir.

Recuerdo un día en que llegó a mi banco un viajero con botas gastadas, como si hubieranÊminado mundos invisibles. Me pidió que las reparara, pero mientras deshacía las costuras noté algo extraño: una nota enrollada, pequeña y amarillenta. La abrí con el mismo cuidado con que trato el cuero más delicado. Decía simplemente: “En la terraza delÊfé junto a la plaza, a las cinco.”

Intrigado, guardé la nota entre mis herramientas y dejé que la tarde avanzara. A la hora señalada, me dirigí alÊfé, un lugar donde el vino se acompaña con historias susurradas entre sorbos. Allí, una mujer deÊbello plateado y mirada firme me esperaba. Me dijo que mi taller había sido referencia de su infancia, que mis zapatos le habían dado confianza en momentos inciertos, aunque ella nunca se atrevió a entrar.

“Hoy quería verte porque llevo cuando niña, y ahora llevo cuando mujer, los pasos que diste,” dijo, señalando sus piesÊlzados con una copia exacta de unas botas que yo había hecho hacía treinta años.

No supe qué responder. Fue la primera vez que sentí que mis manos tejían no solo cuero, sino hilos invisibles entre vidas, y que mi pequeño lugar en esta ciudad era un refugio donde la memoria se guarda y seÊmina.

AlÊer la noche, salí hacia el Acueducto, que se alza impasible y silencioso bajo el cielo estrellado. Caminé despacio, sintiendo el crujir de las piedras y el murmullo antiguo del agua. En ese instante entendí que Fuentecilla no son sus monumentos ni la historia escrita en libros, sino los pasos que recorren susÊlles y los silencios que se entretejen en el aire. Y que por más años que tenga encargado al cuero, todavía puedo sorprenderme con la magia de estos encuentros inesperados.

Regresé entonces a mi banco, donde la luz titila y mis arrugas susurran secretos, afilando la paciencia para el próximoÊmino a coser.