Cada mañana, Santillán me despierta con un murmullo sutil, como si sus piedras contaran secretos a quien sabe escuchar. Soy AmiraZnz, tengo diecinueve años y llevo la cámara colgada al cuello como un talismán. Este pueblo 12mi pueblo13 parece pequeño cuando caminas por la Plaza Principal, con sus bancos gastados y e1rboles que mecen historias antiguas. Pero tambi e9n es un misterio vivo, disimulando entre fachadas y ecos olvidados.
Decid ed esta vez alejarme de los rincones m e1s transitados. Avanc e9 hacia la Catedral de Santill e1n, ese coloso silencioso que nunca me cansa. Sus vitrales al amanecer no solo filtran luces, sino tambi e9n recuerdos que me envuelven cada vez que poso el obturador. All ed, entre los recovecos en penumbra, encontr e9 un pasadizo angosto que nunca hab eda visto antes. Cabeceando y sigui e9ndolo, llegu e9 al Museo Hist f3rico Municipal desde una entrada trasera, una boca oculta del tiempo.
El museo estaba cerrado, pero con el sol col e1ndose por la ventana rota, la luz me guiaba hacia vitrinas polvorientas y documentos amarillentos. Mi c e1mara capturaba cada detalle: un antiguo pergamino, un bast f3n tallado con s edmbolos difusos, fotograf edas descoloridas de rostros cuyos ojos parec edan seguirme. Me inund f3 una emoci f3n extra f1a, como si todo ese silencio guardara una promesa.
Entonces lo vi. Entre las sombras, un objeto brillaba: un pequeño espejo circular, sin marco, apoyado sobre un libro abierto. Me acerqu e9. En su reflejo, no estaba solo: junto a m ed, se dibuj f3 la figura de una mujer vestida con ropas de otra e9poca, con una sonrisa t edmida y ojos tan profundos como el r edo que bordea el pueblo. Parpade e9. La imagen persist f3. Sent ed un escalofr edo y un aire dulce a jazm edn.
No s e9 cu e1nto tiempo permanec ed all ed, contemplando ese reflejo imposible. Sent ed que esas paredes guardaban m e1s que objetos; atesoraban almas y sus historias entrelazadas con las m edas. Sal ed sin hacer ruido, el espejo hab eda desaparecido. La plaza parec eda re edrme cuando reaparec ed, como si Santill e1n supiera que algo en m ed se hab eda despertado.
Camino por sus calles cada tarde, buscando otra se f1al, otro secreto que me invite a mirar m e1s all e1 de lo obvio. Y aunque a veces la rutina intenta apresar al tiempo, s e9 que en cada rinc f3n de este pueblo nace la maravilla, silenciosa y dispuesta a ser revelada, para quien se atreva a ver con ojos nuevos.
Despu e9s de ese d eda, no vuelvo a mirar Santill e1n igual. No soy solo una joven con una c e1mara; soy guardiana de su latido invisible.
Nota: Este relato es una obra de ficci f3n. Los lugares mencionados existen y pueden visitarse.
