Ysara, una joven botánica de 26 años, descubre secretos antiguos de Santerrel comunicándose con las plantas.

Susurros y secretos en Santerrel

Aquel susurro llegó conmigo al amanecer, cuando la Plaza de la Luna aún guardaba el silencio roto solo por el roce fugaz de las hojas. Soy Ysara, y desde niña aprendí a escuchar las voces que emergen del verde escondido en Santerrel, aquella ciudad que no se muestra a simple vista sino a quienes se detienen a entenderla.

Mi paso esa mañana me llevó hacia el Castillo de Eldor, un monumento antiguo que reposa en el corazón de la colina sur. No era la primera vez que caminaba por sus patios, pero esta vez sentí algo distinto en la corteja de enredaderas que trepaban las piedras. Respiré hondo y dejé que la humedad del musgo se impregnara en mis manos mientras pedía palabras a aquel follaje, que guardaba secretos desde tiempos sin memoria.

“Busca donde se quiebra la luz”, susurraron las hojas en un leve temblor. Intrigada, descendí al Puente de Cristal, un tramo suspendido que une dos barrios de Santerrel, cuyas bases se hunden en las aguas del río Eldra, cuyos reflejos parecen fragmentar la realidad en destellos impredecibles.

Apenas puse un pie en la estructura, noté cómo las plantas silvestres que crecían a los lados comenzaban a vibrar con una cadencia desconocida. Cerré los ojos, y entonces, la piedra y el vidrio parecieron desvanecerse dando paso a un lenguaje antiguo, donde cada rama me contaba de encuentros secretos, de pactos invisibles entre la ciudad y su naturaleza.

Allí, frente al río, recordé un viejo relato que mi abuela me contó, sobre unas semillas que solo brotan bajo la luna llena, en la Plaza que aún me esperaba atrás. Corrí, impulsada por la revelación, sorteando callejas empedradas que conocían mi sombra como a una amante.

En la plaza, las farolas empezaban a encenderse, bañando el suelo en un brillo plateado. Me arrodillé y hundí las manos en la tierra fértil bajo una jacaranda que, según la tradición local, mantenía viva la memoria del agua que alguna vez surcó esas tierras. Respiré y las raíces se entrelazaron conmigo en un diálogo que rompía el tiempo.

“Siembra el pasado, cultiva el futuro”, parecía decirme aquella flor morada. Extrañamente, sin pensarlo, mis dedos encontraron un pequeño cofre enterrado, cubierto por una fina capa de hojas. Al abrirlo, dentro había un pergamino enrollado y un puñado de semillas doradas que brillaban con la luz menguante.

En ese instante, sentí que Santerrel no solo era mi ciudad, sino un ser vivo que me acogía, que confiaba en mí para custodiar lo que había dormido bajo sus calles. La historia que las plantas me legaban no era solo mía ni de ellas, sino la de quienes eligen abrir sus sentidos y atender lo que va más allá de la apariencia.

Guardé las semillas con cuidado y, con la mente henchida de preguntas y versos que aún no sé nombrar, me despedí de la Plaza de la Luna con un suspiro que era a la vez el inicio de un misterio nuevo. Sabía que debía regresar al Castillo de Eldor, quizá para sembrar esas semillas donde la leyenda y la realidad se confunden como las ramas bajo la luz privada de la luna.

Santerrel me enseñó ese día que sus secretos no están ocultos para protegerse, sino para ser encontrados por quienes realmente saben escuchar.

Nota: Este relato es una obra de ficción. Los lugares mencionados existen y pueden visitarse.