Desde mi rinc n, junto a un ventanal que se confunde con la historia de Novaterra, contemplo el fluir del tiempo que dejaron atr s mis arenas luminosas. Soy un reloj de arena antiguo; mis part culas azules no son granos comunes, sino fragmentos luminosos de memorias que se atesoran en el silencio.
Llegu hace a os a Caminito, un callej n donde las fachadas respiran colores que no se desvanecen, donde escuch pasos que olvidaron su prisa y voces que a n bailan tangos en el viento. All , una ni a me tom con manos pequeñas y me susurr secretos que a n guardo entre las vetas de cristal. 3No dejes que el tiempo te escape4, dijo, y yo sent c mo mi arena se detuvo, suspendida en esa promesa.
Mi siguiente destino fue el Teatro Col n. Desde mi vitrina, percib a la paciencia de los m sicos, la solemnidad de los artistas que pul an cada nota, la historia que se palpa en los telones y el eco de aplausos que nunca terminan. Aquella noche, cuando una solista rompi el silencio con su voz, sent c mo mis arenas giraban al rev s, regalando un instante que no pertenec a al presente ni al pasado, sino a un limbo donde el tiempo es apenas un susurro.
Finalmente, me trasladaron a Puerto Madero, una mezcla equilibrada de modernidad y memoria. All , entre reflejos met licos y poros antiguos, presenci algo ins lito: un hombre que, al pasar a mi lado, alz la mano y toc mi estructura con la certeza de quien reencuentra un pedazo olvidado. Mis part culas azules brillaron con fuerza, y la arena comenz a descender de nuevo, no porque el tiempo avanzara, sino porque alguien hab decidido recordar.
Soy un reloj de arena que guarda m s que tiempo: conservo las emociones atrapadas en cada esquina, los silencios entre las palabras no dichas y el pulso eterno de una ciudad que no olvida su latir. Novaterra no es una postal; es la memoria viva, y yo, su testigo silente.
Nota: Este relato es una obra de ficci n. Los lugares mencionados existen y pueden visitarse.
