Fuentemora no se entiende sin el aroma de sus jacarandas, el susurro de sus fuentes milenarias, ni sin la textura áspera de sus piedras al sol. Mis manos lo saben bien; están clavadas en la tierra, ensartadas en las raíces que pasan del polvo al latido.
Me llamo Mariela, tengo cuarenta y cinco años y he hecho de mi vida el cuidado de jardines que otros abandonan. Mi refugio es La Alhambra, no la grandiosa de Granada, sino esa vieja casona que domina el barrio antiguo, con su patio cubierto de glicinas y muros cargados de historias que resbalan por las hojas cuando el viento decide cantar. Paso las mañanas allí, con mis guantes ajados y la mirada fija en los brotes que luchan por abrirse, como yo cada día.
A veces, cuando el sol se pone pesado, subo al Parque G ell, una ampliaci n inesperada de este pueblo que parece detenido en el tiempo. Entre los senderos de cipreses y las alineaciones discretas de madreselvas, encuentro un silencio que me habla. No la calma pulida para turistas, sino esa clase de sosiego que se cuela entre las grietas del pavimento, donde los ni os en bicicleta dejan un rastro de risa que no se olvida. La ltima vez, sentada en un banco, sent que el parque respiraba a mi lado. Inhal profundo, y sin saber por qu , desenterr una pequeña caja de madera enterrada junto a una buganvilla. Dentro hab un pu ado de cartas, manuscritos de alguien que am estas veredas antes que yo, con palabras que escapaban de la nostalgia y se enfrentaban al futuro. No soy dada a supersticiones, pero esas cartas parec n un llamado. Guard una, y al tocarla, el aire pareci cambiar de textura.
El d a siguiente me llev a la Plaza Mayor. No al bullicio de siempre, sino cuando la luz es ceniza y las sombras alargan sus dedos contra la piedra. Caminaba dejando pasar el tiempo entre caf s y voces lejanas, cuando percib un movimiento en uno de los rincones menos transitados. All , un anciano cultivaba con mimo un parterre apenas visible, donde brotaban min sculas flores reci n descubiertas para este pueblo. Se llamaba Luis, un hombre complejo y de pocas palabras, que sin embargo entendi que mi mirada cargaba algo similar a la suya. Compartimos silencios, un r o de palabras apenas susurradas, y la certeza de que esos peque os milagros vegetales nos un an m s que las conversaciones. Me mostr un mapa donde las flores nac an en apenas un pu ado de sitios, como secretas se ales del tiempo. Son las que Fuentemora quiere que encontremos , dijo, sin m s explicaci n. Sent que el suelo bajo mis pies se volvi m s pesado, y a la vez m s vivo.
De regreso a casa, esa noche, encontr sobre la mesa una semilla que no hab plantado. Era negra y brillante, opaca como el profundo pozo de los antiguos pozos que a n quedan en el pueblo. La plant sin pensar, en la maceta que asoma a mi ventana, y al amanecer, en lugar de la semilla, tuve un brote que parec a un sue o irreverente: un peque o rbol que permit a ver dentro, como si la tierra y el viento se hubieran confabulado para regalarme una ventana hacia todo Fuentemora, sus calles, sus secretos, y esa esperanza que se esconde en el latido invisible de quien ama lo que cultiva.
No s cu nto durar ese rbol ni qu historias traer el viento, pero aqu estoy, con las manos sucias y el coraz n abierto, cuidando no solo de plantas, sino de la memoria viva de un pueblo que ofrece mucho m s que su historia escrita. Fuentemora no se descubre en gu as, sino en esos instantes que se plantan inesperados, como una flor entreabierta en un rinc n olvidado.
Caminar sus calles no es solo un viaje, es aceptar la invitaci n muda de quienes, como yo, han enterrado secretos en la tierra para que alguien los encuentre y, tal vez, vuelva a creer.
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Nota: Este relato es una obra de ficci n. Los lugares mencionados existen y pueden visitarse.
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