Mi nombre es L aDa, y en mis a os de profesora he aprendido que las ciudades no solo se recorren con los pies, sino con la piel, la memoria y el aire que las envuelve. Hoy, sentado en el banco de la Plaza de los Poetas, observo c f3mo Santurel despierta lentamente. No es una ciudad que grite su historia; la susurra con un gesto, un aroma, un suspiro de piedra.
Desde ni f1a, el Castillo de Santurel fue para m ed un lugar de encuentros secretos, donde las piedras parecen recordar las estaciones del tiempo sin pronunciar palabra. No hace mucho, me acerqu e9 all ed con la libreta bajo el brazo, en busca de plantas, no de historias. Queria estudiar aquella peque f1a manzanilla que brota entre la grieta de una torre olvidada. Con cada hoja que tocaba, sent eda que historias invisibles me rozaban la piel.
Baj e9 despu e9s hacia el Puente de la Luna, un lugar que siempre he encontrado inexplicablemente pleno de calma. All ed, el r edo susurra y lleva consigo leyendas que nadie quiso escribir. Mientras me apoyaba en el pretil, una sombra peque f1a y e1gil, casi una criatura del agua, emergi f3 y dej f3 a mis pies una piedra lisa, perfecta, que no parecía caber en ese paisaje. Me la encontr e9 sin querer. La mir e9 pensando en c f3mo un objeto tan simple pod eda cambiar la percepci f3n de un lugar.
Decid ed guarecerme bajo la sombra de los olmos en la plaza, para observar la piedra con calma. En silencio, una voz callada me invit f3 a mirar por encima de mis a os, a sentir el latir no solo del presente, sino de lo que estuvo antes. Comprend ed que Santurel no era un conjunto de edificios o monumentos; era la suma exacta de esos peque f1os actos, de esas entregas cotidianas que nadie anota pero que persisten, como ra edces.
Aunque llevo a os fuera de las aulas, este d eda en Santurel me record f3 que todav eda puedo aprender. Porque la ciudad no solo pertenece a los turistas ni a los que buscan su encanto. Es tambi e9n de quien se detiene, se asombra y permite que los secretos m e1s sencillos la transformen.
Quiz e1s ma f1ana regrese al Castillo, o a la sombra del Puente de la Luna. Quiz e1s la piedra que recib ed me cuente otra historia.
Pero hoy, aqu ed, en la Plaza de los Poetas, sonr edo tranquila, sabiendo que estoy en casa sin necesitar un mapa.
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Nota: Este relato es una obra de ficci f3n. Los lugares mencionados existen y pueden visitarse.
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