Santrida tiene un aire que no se deja atrapar con palabras fáciles. A mis ocho años, el corazón me latía fuerte cada vez que cruzaba la plaza central, donde los adoquines arrugados parecen susurrar historias que sólo entienden los que se detienen a mirar sin prisa.
Esa tarde, el sol todavía acariciaba las fachadas tostadas por el viento del Adriático. Me escabullí de casa sin permiso, con la excusa de “buscar un tesoro invisible”, porque para mí todo era un misterio por descubrir.
Primero me dirigí hacia la Fortaleza de San Marco. Subí por las rampas y me perdí entre sus muros de piedra, que parecían más altos de lo que me imaginaba desde abajo. Allí, escondido detrás de un muro, encontré un dibujo tallado con una precisión extraña: un pequeño barco y una inscripción casi borrada. Mi padre dice que esas piedras guardan secretos que sólo una mano pequeña puede revelar. Me pregunté si algún día alguien viviría dentro de esas paredes otra vez o si simplemente serían fantasmas de otro tiempo.
Bajé luego hacia el Viejo Faro, que se recortaba en el horizonte como un centinela que nunca cierra los ojos. Me acerqué al borde del acantilado, donde el viento me enredaba el pelo y el sonido del mar parecía hablarme en un idioma antiguo. Encontré una botella con un trozo de papel dentro. No era un mensaje normal, sino un papel arrugado donde alguien había dibujado un mapa con senderos invisibles. Seguí las líneas imaginarias por la costa, dejándome llevar por la luz del faro cuando comenzó a parpadear. Fue entonces cuando me di cuenta de que no estaba solo.
Detrás de una roca apareció un gato negro, de ojos brillantes y curiosos, que me miraba como si entendiera mi búsqueda muda. Decidí seguirlo a lo largo del borde, sintiendo que esa pequeña criatura era mi guardián en ese mundo hecho de piedra y agua.
Regresamos a la plaza central antes de que el cielo se tiñera de anaranjado. Allí, entre conversaciones y risas lejanas, me senté en un banco y saqué el mapa que recién había descubierto. El gato se acurrucó a mi lado mientras una figura mayor, con mirada sabia y sonrisa cómplice, se me acercó sin prisa. Me dijo que Santrida no es sólo sus murallas, ni sus calles antiguas, sino los encuentros inesperados y las historias que uno colecciona como piedras en el bolsillo.
De vuelta a casa, aún con la brisa marina pegada a la piel, supe que la ciudad con sus secretos y sus luces no es un mapa para deshacer, sino un misterio que se abre despacio, página a página, a ojos pequeños y abiertos, con la valentía de quien sabe que el mundo es mucho más que lo que dice un libro de imágenes.
—
Nota: Este relato es una obra de ficción. Los lugares mencionados existen y pueden visitarse.
