una farola de hierro forjado iluminando un callejón en Miraflor

La vieja farola de Miraflor

En el extremo más olvidado de un callejón que serpentea entre casas de paredes encaladas y ventanas con cerrojos musgosos, yo me mantengo en pie. Soy una vieja farola de hierro forjado, y he alumbrado, sin reclamo ni pausa, las noches de Miraflor durante décadas. Mis detalles, enroscados una vez con orgullo, ahora yacen carcomidos por el óxido, y mi pantalla de cristal, antaño transparente, filtra la luz con un resplandor tenue, amarillento, que apenas alcanza a rasgar la negrura que se adueña de las calles.

Desde aquí, he visto la ciudad cambiar. Recuerdo cuando el murmullo de la catedral de Manizales se colaba en el viento, un canto sagrado que parecía fundirse con el crepitar de la lejana erupción latente del Nevado del Ruiz. A veces, en noches claras, sus relámpagos no anuncian tormentas sino el alma misma del volcán, titan dormido, que respira bajo la tierra. Y más allá, hacia el sur, el Parque Arqueológico de Tierradentro, con sus silencios antiguos, donde ni la luz pretendía irrumpir sin permiso.

Nunca he pensado que alguien se fijara en mí, un simple farol que cumple su función sin estridencias. Pero una noche distinta, sentí una presencia distinta. Una mujer de mirada noble y cabello teñido del gris de las nubes volcánicas se detuvo a mi lado. No buscaba luz. No necesitaba alumbrar el camino. Se sentó en el umbral del callejón, justo donde rozaban mis destellos, y comenzó a hablarme en voz baja, como si las farolas escucharan los secretos de la ciudad.

—A veces —me dijo—, la luz más tenue es la que guarda más verdad.

No replicó cuando no le respondí. Yo no siempre puedo hablar, pero aquella noche mis filamentos chispearon con una intensidad que nunca antes había mostrado. Le di luz con la que plasmó en su libreta trazos de las sombras, de las esquinas, de aquello que sus ojos parecían ver y que otros no. Parecía creada para encontrar vida en lo que otros llaman ruina.

Cuando se marchó, la calle quedó en silencio, y mi luz volvió a ser débil, casi inexistente. Pero en esa pequeña página de papel ella había grabado más que palabras; me había eternizado como testigo de la misma alma de Miraflor. Esa mujer nunca volvió, pero cada vez que la bruma asciende desde el cauce del río y se arremolina bajo mi pantalla maltrecha, siento que vuelve, que su sombra busca mi luz, y yo la espero, sin cansancio.

Una noche, la ciudad tembló una vez más, recordándonos que el volcán aún no duerme del todo. Pero yo seguí aquí, firme, una farola antigua en Miraflor, alumbrando no las calles sino las pequeñas historias que no siempre quieren ser vistas. Soy farola, sí, pero sobre todo, soy memoria.


Nota: Este relato es una obra de ficción. Los lugares mencionados existen y pueden visitarse.