En el corazón de Novaterra, bajo el fulgor tenue de la medianoche, FarolAntiguoLunaria despertó de su letargo. Colgado desde tiempos inmemoriales en el umbral oeste del Castillo de Luz, su cristal gastado aún parecía vibrar con las voces apagadas de quienes una vez cruzaron por su resguardo. La ciudad dormía, pero sus senderos, por donde alguna vez transitaron olvidos y fervores, seguían abiertos a quien supiera mirar.
FarolAntiguoLunaria no era un farol común. Más allá de la corrosión que el tiempo había impreso en su hierro, llevaba siglos recopilando ecos: ecos de pasos furtivos, secretos compartidos entre sombras y susurros que el alba guardaba celosa. Anoche, mientras el viento se colaba por las callejuelas de piedra, una chispa inesperada se encendió en su alma luminiscente.
En la Plaza del Eco, donde las voces solían rebotar contra las fachadas y multiplicarse en risas lejanas, un viajero solitario se detuvo a observar el reflejo borroso de FarolAntiguoLunaria. No se trataba de alguien que buscara mapas ni folletos; sus ojos guardaban la misma paciencia con la que el farol contemplaba la ciudad.
Fue entonces cuando el farol decidió compartir un fragmento dormido de su memoria. Su cristal, normalmente opaco por la costumbre, emitió un resplandor tenue que delineó una escena invisible a simple vista: un antiguo baile celebrado bajo el firmamento, en los Jardines del Alba. Aquellas figuras danzaban entre las flores que nunca se marchitaban, en un tiempo donde el susurro del viento era poesía y el silencio, complicidad.
El viajero, sin apartar la mirada, sintió que sus propios recuerdos se mezclaban con la visión: un instante de alegría robada, una conversación no dicha, la libertad contenida en un gesto. Sin palabras, extendió una mano hacia la luz y, en un acto inesperado, tocó el cristal. FarolAntiguoLunaria vibró, como si el contacto despertara una corriente dormida en su interior. De pronto, el resplandor se intensificó, y las calles de Novaterra se presentaron ante él no solo en el presente, sino como un entrelazado de tiempos entrelazados.
El viajero avanzó entonces hacia el Castillo de Luz, siguiendo la tenue guía del farol. No como un turista, sino como un custodio de historias. Atravesó pasillos donde las paredes guardaban secretos y ventanas por donde la luna espiaba. Los Jardines del Alba lo recibieron con un fresco olor a tierra mojada y recuerdos en flor, mientras la Plaza del Eco resonaba, lejos, con un leve rumor que parecía decir: “Aquí, todo tiempo converge”.
FarolAntiguoLunaria, suspendido en su eterno vigilia, había cumplido un capricho: devolver a quien miraba no solo la ciudad, sino la vivacidad nocturna de sus historias enterradas, a la espera de ser redescubiertas.
Cuando finalmente el viajero se marchó, dejando atrás sus huellas discretas, el farol volvió a su calma habitual. Pero en el cristal desgastado quedó la marca de un contacto sincero, y Novaterra siguió respirando, invariable, guardián de pasados olvidados y futuros que esperan ser alumbrados.
