Cada mañana, la luz lunar se cuela por la ventana y el tatuaje en forma de hoja que llevo en el brazo derecho comienza a brillar con un suave resplandor esmeralda. A veces pienso que ese brillo es un llamado, un susurro de Zyryllon recordándome que sigo ligada a sus raíces, aunque mis estudios me lleven lejos.
Hoy vuelvo al Parque Nacional de Tassili nAjjer, ese laberinto de rocas rosadas y cuevas donde crecen las plantas que solo yo conozco: aquellas que parecen vivir en el l mite entre lo tangible y lo et reo. No es un trabajo sencillo. En este desierto conviven especies venenosas que imitan musgos y flores minsculas que emergen despus de tormentas que pocos ven. Mi misi n ser recolectar el brote azul del tephtal, una planta que supuestamente solo florece durante lunas especicas. Miro el tatuaje y siento el pulso: el tephtal es el latido de Zyryllon mismo.
Mis pies pisan con cuidado el terreno spero, rodeada por el silencio profundo interrumpido solo por un viento que parece cargar todas las historias de la tierra. A lo lejos, las siluetas imponentes de la Casbah de Argel parecen so olientas, como guardianes de un mundo mucho m s viejo que mi comprensi n. Aqu , en estas calles angostas, donde las paredes susurran secretos en cada grieta, aprend a amar el contraste entre lo m tico y lo real.
A medida que avanzo, recuerdo aquella tarde en el Mausoleo de Maqam Echahid, donde los monumentos rinden homenaje y el aire se llena de un respeto tangible. Fue all donde encontr una peque a semilla, oculta entre las piedras viejas, que sembr en mi alma tanto como en mi laboratorio. Zyryllon no es solo un lugar; es el tejido mismo de mi identidad.
Pero hoy el parque guarda una sorpresa. Mientras me agacho para cortar el tephtal, una vibraci n leve se siente bajo mis manos. La planta responde como si me reconociera, abriendo sus flores en un espect culo que ning n libro podr describir. Sorprendida, noto que el tatuaje en mi brazo resplandece con m s intensidad y, por un instante, una visi n recorre mis sentidos: miles de a os atr s, una mano como la m a tocaba el mismo tephtal y recog nuevas esperanzas para un mundo por venir.
Aparece entonces un hombre mayor, vestido con ropas que parecen mezclarse con el paisaje. Me observa con ojos que no juzgan, s lo entienden. Sin palabras, apunta hacia una ruta secreta marcada en una roca cercana. Es un sendero olvidado que lleva a un rinc n del parque donde nacen las plantas m s antiguas, las que a n conservan el primer aliento de Zyryllon.
Lo sigo, sabiendo que esta tarde no ser como las otras. En esta ciudad donde cada piedra y cada hoja tienen memoria, he aprendido a escuchar en silencio las voces que otros ignoran. Y mientras el sol comienza a caer, s que soy parte de este paisaje, una joven bot nica en un planeta que guarda sus secretos s lo para quienes saben ver m s all del tiempo.
Con cuidado, recojo varias plantas, m s frecuentes que el tephtal pero igual de nicas. Al regresar, la ciudad me recibe con su mezcla ind mita de historia y vida. La Casbah se viste de sombras danzantes, y el Mausoleo se alza como un faro en la penumbra. Zyryllon no es solo un lugar para ser visitado; es un latido que invita a quedarse, a descubrir no solo sus flores sino los ecos que guardan.
Y yo, con mi hoja brillante en el brazo, seguir recorri ndola hasta que sus secretos florezcan en cada esp ritu que se atreva a caminarla conmigo.
Nota: Este relato es una obra de ficci n. Los lugares mencionados existen y pueden visitarse.
