Siempre decido empezar mis días en los Jardines del Alba, donde el sol apenas asoma y las flores duermen sin apurarse. Me gusta sentarme junto al rosal silvestre que crece entre las piedras, acariciar sus pétalos aterciopelados y escuchar cómo las hojas susurran secretos que solo yo parezco entender. Mamá dice que hablo sola, pero yo sé que sólo dialogo con el viento y las mariposas.
Hoy, mientras exploraba un sendero poco transitado que serpentea detrás del estanque, descubrí algo que nadie más había notado antes: una puerta pequeña, casi oculta entre las raíces de un viejo eucalipto. La madera estaba cubierta de musgo y parecía tan antigua como el barrio mismo, pero lo más extraño era que no tenía picaporte ni cerradura; simplemente, parecía esperar a que alguien la empujara.
Mi curiosidad pudo más que el miedo y, con un empujón, la puerta se abrió lentamente con un crujido suave, revelando una escalera que descendía hacia una luz tenue y dorada. No dudé ni un segundo y bajé. Al pie de la escalera, un pasadizo me condujo hasta un lugar que no aparecía en ningún mapa: un salón lleno de relojes de arena, cada uno midiendo un instante diferente, desde el último momento de una mariposa hasta el primer suspiro de una estrella.
Estaba en el Museo de los Sueños, un sitio que creía solo existía en las historias que cuenta la abuela. Allí encontré un atlas con páginas hechas de hojas reales, donde cada dibujo cobraba vida al tocarlas. Puse mi dedo sobre una imagen de la Torre del Viento, que se alza imponente en el extremo del barrio, y en un parpadeo me vi subida en su cima, sintiendo el viento rozar mi cara y balancear el cielo azul sobre la ciudad.
Me reí por dentro, maravillada de que un objeto tan pequeño pudiera transportarme a lugares que veía todos los días, pero con un aire distinto, como si el mundo tuviera otra capa que solo yo podía descubrir. Mientras regresaba al salón, noté que un reloj de arena se estaba agotando y, justo antes de que la última partícula de arena cayera, una voz en susurro me dijo: «Todo lo que imagines puede ser real aquí, Aina.»
Salí del pasadizo con el corazón latiendo rápido, pero con la certeza de que aquel secreto se quedaría solo conmigo, para proteger la magia que esconde Miraflor, ese rincón que abraza tanto la tierra como los sueños.
De regreso en el jardín, la puerta había desaparecido, y sólo el aroma de eucalipto y la brisa me recordaban que algunos lugares están vivos solo para los que se atreven a mirar más allá.
Nota: Este relato es una obra de ficción. Los lugares mencionados existen y pueden visitarse.
