Desde mi lugar en un rincón empedrado de la Plaza del Sol, vigilo el paso silencioso de las horas, un farol antiguo cuyas luces ya no atraviesan la niebla con vigor, sino que derraman un resplandor cálido y melancólico. Alguna vez, fui testigo fiel de admiraciones y encuentros en los paseos vespertinos, pero hoy, envuelto en la quietud, soy un relicario del tiempo, un guardián involuntario de susurros dispersos en la brisa.
La gente pasa sin verme, demasiado absorta en sus dispositivos o en el bullicio habitual de la ciudad para notar mi presencia. Sin embargo, sigo allí, con la tenue llama que aún arde al centro, como un corazón que se resiste a olvidar. Mis años me han otorgado el privilegio de presenciar secretos nacidos bajo mi luz: promesas furtivas, confesiones calladas, despedidas que el viento quisiera arrancar del aire. El rumor del río que corre bajo el Puente de la Luna se mezcla con murmullos apenas audibles, cómplices eternos de memorias que no quieren extinguirse.
Una noche, cuando el castillo de Mirabel dormía envuelto en sombras y sólo la luna osaba reflejar su silueta, sentí un cambio sutil: una presencia distinta, una corriente que no había conocido. Una joven, envuelta en un abrigo que parecía hecho de versos, se detuvo ante mí. No buscaba orientación ni luz luminosa, sino acaso compañía. Sus ojos, bañados en el fulgor mezclado del farol y la luna, me miraron con una ternura que me estremeció.
“¿Cuántas historias habrás guardado?” preguntó, como si yo pudiera responder. Sus dedos rozaron con delicadeza mi estructura de hierro, y en ese contacto sentí que se activaba algo dormido: un murmullo intenso, casi vívido, de relatos atrapados. No tuve voz, pero el resplandor se intensificó, proyectando sombras danzantes alrededor. A su lado, la plaza pareció respirar; las paredes cercanas susurraron viejos secretos, y por un instante sentí que era más que un farol: un puente entre tiempos, un punto de encuentro invisible para almas que buscan recordar.
Ella dejó caer un papel arrugado en mi base, un retazo de poesía que, entendí, sería mi herencia para el futuro caminante que se detuviera. Antes de desaparecer entre las callejuelas, me miró una vez más y murmuró: “Sigue alumbrando, aunque nadie te vea”.
A la madrugada siguiente, con los primeros rayos filtrándose entre las tejas de la ciudad, noté que en el pedazo de papel había escrito algo que no había leído antes: “Aquí, bajo tu luz, descansan todas las noches que quisieron ser eternas.”
Soy un farol antiguo, fijo en el tiempo y en el espacio, pero en Xantria nunca se es tan estático como uno cree. A veces, cuando la bruma se adueña de la ciudad, me convierto en el testigo invisible que invita a recorrer sus rincones con la sensibilidad atenta de quien sabe que no todo lo importante se dice en voz alta. Basta un resplandor, una poesía callada, para recordar que esta ciudad es un latido persistente en la memoria de quienes la habitan y la visitan.
Y mientras la llama temblorosa sigue encendida, aquí estaré, en la Plaza del Sol, guardando el eco invisible de Xantria, esperando por otro caminante que detenga sus pasos y descubra que en cada esquina palpita una historia, que en cada piedra descansa un secreto, y que incluso un farol olvidado puede ser el portal hacia lo inesperado.
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Nota: Este relato es una obra de ficción. Los lugares mencionados existen y pueden visitarse.
