Santrida despierta bajo un cielo que aún no clareaba del todo, y en la calle empedrada de la Cuesta del Mirador, yo, FarolAntiguoSantoria, seguía iluminando con mi tenue luz que el tiempo no ha extinguido.
No soy un farol cualquiera; llevo más de dos siglos alumbrando silencios y susurros, siendo testigo mudo de los pasos apresurados y las caricias furtivas de quienes han caminado a mis pies.
Cada noche, mientras el Parque del Retiro se adormece en la niebla, siento cómo la brisa trae fragmentos de conversación mezclados con aromas de café y viejos libros del Museo del Prado, justo a unos pasos de mí.
A veces, las sombras del Palacio Real se dibujan al fondo, imponentes pero distantes, como guardianes de un pasado que sólo confiaré a la penumbra.
Esta madrugada fue diferente. Al dar la una, observé a una figura desconocida acercarse con cuidado, como temiendo romper la armonía que me rodea. Se detuvo junto a mí y sacó una libreta gastada para escribir bajo mi luz.
Él no era un turista, sino un escritor; sus dedos temblaban levemente, intentando atrapar la esencia inquietante de Santrida.
Me llamó «la guardiana de memorias» y preguntó cuánto había visto. No respondí, pues soy sólo luz e hierro, pero aumenté mi brillo para regalarle un fragmento de pasado.
Entonces, algo inesperado ocurrió: tocó uno de mis faroles laterales apagados, que respondieron encendiéndose uno a uno, creando un sendero luminoso hasta el Palacio Real, iluminando secretos olvidados entre piedra y musgo.
El escritor caminó esas luces, plasmando en su libreta cada instante, cada destello que yo, inmóvil, no puedo narrar. Por un momento, fui más que un farol: un puente entre épocas, un hilo tenue que conecta historias ocultas entre calles y plazas.
La luz que ofrezco no es sólo para ver, sino para recordar, para que quienes recorren Santrida perciban lo que no dicen ni pintan las postales.
Cuando el último farol se apagó al clarear el día, supe que cumplí un nuevo capítulo en mi larga existencia. Él se alejó con la libreta llena, y yo volví a mi tenue resplandor, esperando al próximo visitante que precise luz para encontrarse con el misterio de Santrida.
Nota: Este relato es una obra de ficción. Los lugares mencionados existen y pueden visitarse.
