Montelucia siempre olía a tierra mojada y a naranjos en flor, un aroma que parecía guardar secretos antiguos. Yo, Lía, con mis rizos rebeldes y ojos avellana, había aprendido a escuchar esos susurros desde pequeña. Aquella mañana, mientras el sol apenas rozaba las tejas del Castillo de Montelucia, sentí que algo en el aire me llamaba a descubrir.
El castillo, con sus muros de piedra y ventanas estrechas, siempre había sido para mí un refugio de historias por contar. Me acerqué a la vieja puerta de madera, esa que mi abuelo me había dicho que guardaba un mensaje para los curiosos. Con un dedo tembloroso, toqué una placa metálica cubierta de musgo. Mis manos, pequeñas pero decididas, encontraron un relieve casi invisible: un sol y una luna entrelazados, símbolos que no había visto antes.
Sin saber por qué, di un paso atrás hacia el Parque de la Fuente, donde el agua corría limpia y fresca a través de canales antiguos. Me senté cerca del manantial, sintiendo el frescor en la piel, mientras mis ojos buscaban en las hojas y piedras algún indicio. Entonces, escuché un golpe seco detrás de un banco: un libro amarrado con cuerda, ajado por el tiempo, estaba medio oculto bajo unas ramas caídas.
Abrí el libro con cuidado. Dentro, dibujos de Montelucia, tan viejos como el castillo, y pequeñas notas escritas en una caligrafía silenciosa. Una en particular me atrapó: 1onde el sol y la luna se encuentran, la verdad dormirá bajo el balc f3n de la plaza7. Me levant e9 enseguida y fui hacia la Plaza Mayor, con su suelo de adoquines que a fan parec eda llevar las pisadas de tiempos memorables.
La plaza estaba tranquila, con el murmullo de voces lejanas y el vuelo constante de gorriones. Mir e9 hacia arriba, hacia el balc f3n antiguo de un edificio que amaba desde siempre. Busqu e9 y busqu e9, hasta que mis dedos se aferraron a una tabla disimulada entre las macetas de flores. Tir e9 suavemente y descubr ed una peque f1a caja de metal, fr eda y pesada.
Quise abrirla, pero al instante sent ed una presencia detr e1s de m ed. Me gir e9; una anciana me sonre eda con ojos profundos, como si hubiera esperado que yo encontrara aquello. Sin palabras, asintió y me indic f3 que abriera la caja. Dentro hab eda una carta y un peque f1o relicario con un cristal que reflejaba la luz como un arco edris.
La carta hablaba de Montelucia como un lugar donde el pasado y el presente se encuentran para proteger sus secretos, y me invitaba a ser la guardiana del equilibrio, alguien que no solo mirara la ciudad, sino que la sintiera. La anciana me abraz f3 brevemente y se desvaneci f3 entre la multitud, dej e1ndome con el relicario en la mano y una certeza profunda en el coraz f3n.
Esa tarde, mientras iba hacia casa, comprend ed que Montelucia no era solo piedra y rboles, sino un latido escondido que apenas empezaba a revelarse a mis ojos curiosos. Y yo, L eda, era parte de esa historia que a fan no terminaba.
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Nota: Este relato es una obra de ficci f3n. Los lugares mencionados existen y pueden visitarse.
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