Ysara, una joven exploradora con cabello rizado y ojos expresivos, en el vibrante paisaje de Valdoria, donde explora sus secretos ocultos.

Los susurros de Valdoria a medianoche

Valdoria no duerme nunca, pensé mientras mis dedos rozaban la fría barandilla del Puente de Cristal. La noche envolvía la ciudad con un velo translúcido, mezclando sombras y luces que hacían efímero lo opaco. En mi tercer mes recorriendo sus calles, aún maravillada por la mezcla de misterio y familiaridad.

Mi único objetivo era desvelar un secreto que pocos nombraban en voz alta pero que parecía vibrar en las piedras mismas del Castillo de la Luna. Los habitantes murmuraban sobre presencias fugaces tras sus muros, ecos inaudibles entre ventanas cerradas. No creía en fantasmas, sino en historias vivas, hilos invisibles que tejen el presente.

Una noche, en los Jardines del Alba, noté algo singular: las ramas del sauce llorón se movían en un ritmo extraño, ajeno al viento habitual. Entre la hierba, una pequeña placa metálica llamó mi atención. Apenas legible, decía: « Quien descifre el reflejo encontrará la voz olvidada ».

Cuando la luna alcanzó su cenit, volví al Puente de Cristal y observé el agua abajo. La superficie, normalmente lisa, vibraba como un espejo alterado. Mi reflejo se distorsionó y apareció una silueta fugaz, ni humana ni completamente etérea, luminosa y discreta. Mi corazón se aceleró, pero no reaccioné. Cerré los ojos y respiré profundo.

Al abrirlos, una voz interior susurró como si la ciudad murmurara en secreto: « Busca en el Castillo ».

Al amanecer, crucé el arco de piedra; los muros del Castillo de la Luna pulsaban con una vibración apenas perceptible, provocando un escalofrío frío. Guiada por esta intuición, recorrí sus pasillos hasta hallar, oculto detrás de una vieja alfombra gastada, un libro polvoriento sin título, lleno de notas manuscritas, mapas y relatos de otro Valdoria donde la memoria y el presente se entrelazan.

El libro narraba una era en que Valdoria era un cruce entre mundos, y el Puente de Cristal un enlace no solo entre dos orillas sino entre tiempos paralelos. El reflejo en el agua era una grieta hacia esta otra realidad.

Cerré el libro, entre la duda y la fascinación. Al salir del castillo, todo parecía tener un nuevo sentido. La ciudad no era solo piedra y agua; vivía cargada de historias suspendidas en el tiempo, esperando ser redescubiertas.

De vuelta al puente, ya no sentía desafío sino reverencia. Valdoria siempre hablaba, en el silencio nocturno. Y yo, Ysara, estaba allí para escuchar.