Una niña llamada Aina, con un farol antiguo, se adentra en el bosque mágico de Lunaria, donde se comunica con criaturas lumínicas.

Lunaria: el farol y la ciudadela de estrellas

Desde que tengo memoria, Lunaria siempre ha sido un tablero de luces y susurros. Mi nombre es Aina, y a mis diez años he aprendido a no temerle a la oscuridad, porque siempre llevo conmigo mi farol antiguo, heredado de mi abuela. No es un farol común: su llama titilante parece entender lo que le digo, iluminando incluso cuando el viento lo quiere apagar.

Esa tarde, mientras paseaba por el Lunaria Old Market, sentí un cosquilleo en mi pecho, como si el aire estuviera lleno de secretos invisibles. Entre las voces de los comerciantes y el aroma a especias dulces, una criatura luminosa se deslizó a mi lado, pequeña como una mariposa pero con un brillo profundo y pulsante. “Ven,” parecían decir sus destellos.

Sin pensarlo, la seguí hasta el extremo este del mercado, donde las calles empiezan a estrecharse y la luz comienza a filtrarse en tonos de plata y azul. Allí, el Silver Bridge parece flotar sobre el río Lunis, sus cables tensados como las cuerdas de un arpa. Nunca había cruzado ese puente al anochecer, pero esa noche, el aire era diferente, como una invitación hecha de murmullos y sombras.

Cuando puse un pie sobre el puente, las criaturas lumínicas revolotearon a mi alrededor, dibujando constelaciones que no estaban en el cielo. Mi farol dejó escapar una luz más intensa, y por un instante tuve la sensación de que el espacio y el tiempo se doblaban justo allí.

De repente, una de las luces —más grande y audaz— se posó sobre mi mano y, sin que pudiera explicarlo, sentí una voz delgada, casi un eco en mi mente: “Sigue hacia la Citadel of Stars. Solo allí sabrás qué buscas.”

Mis piernas respondieron sin miedo, cruzando el puente hasta llegar al pie de la ciudadela, una estructura que se eleva como un relicario de cristal y acero contra el cielo nocturno. La Torre del Vidente, en el centro, parecía pulsar con la misma frecuencia que mi corazón. Siempre había pensado que la vieja fortaleza era solo un monumento, pero esa noche, con mi farol encendido y las criaturas en vuelo, entendí que era un umbral.

Dentro, las paredes reflejaban la luz de mi pequeño farol y de las criaturas, revelando inscripciones que nadie más podría ver. Se trataba de fragmentos de cuentos antiguos, historias de Lunaria que nunca escuché en la escuela. Sentí que esas paredes guardaban la memoria viva de la ciudad, sus anhelos y sus misterios.

En un rincón olvidado, encontré un espejo que no reflejaba mi imagen, sino un mapa de lunas y estrellas que nadie me había mostrado. Las criaturas se posaron encima y comenzaron a girar sobre el vidrio, dibujando rutas invisibles. Mis ojos buscaron sin comprender, hasta que una de ellas se acercó a mi boca y susurró con voz vibrante: “No es solo un mapa. Es el camino para descubrir los deseos que guardas en tu propio corazón.”

Antes de que pudiera seguir indagando, sentí una brisa fresca y mis acompañantes lumínicos comenzaron a desvanecerse poco a poco. El farol en mi mano parpadeó, y, por un segundo, la ciudadela y el puente parecieron disolverse como un sueño al amanecer.

Estaba de nuevo en el Silver Bridge, con el Old Market detrás de mí y mi farol encendido, vibrando suavemente en la palma de mi mano. No supe qué fue real y qué no, pero en mi pecho ardía un fuego nuevo, un misterio que solo podía descubrir caminando las calles, respirando la esencia de Lunaria.

Desde entonces, no cruzo una calle sin esperar un destello inesperado; no levanto la vista sin imaginar que la ciudad me habla en susurros de luz.

Nota: Este relato es una obra de ficción. Los lugares mencionados existen y pueden visitarse.