Desde que tengo memoria, la Llanura del Viento ha sido mi patio interminable. Me llamo Aina y tengo ocho años. Todos los días llevo conmigo mi cuaderno de dibujo y una caja de colores que llevo a todas partes, como si fueran una extensión de mis manos. La ciudad no es solo un mapa con sitios famosos: es un lienzo que se despliega con secretos que nadie ve a simple vista.
Una mañana, el aire olía a tierra mojada después de la lluvia que había caído anoche. Salí con la intención de hacer un retrato rápido del Parque del Retiro, ese lugar que parece eterno, con árboles que cuentan historias en cada hoja. Me senté bajo una acacia que me cobijaba del sol y comencé a dibujar. Pero mientras mi lápiz trazaba las primeras líneas, escuché un susurro muy leve, como el murmullo de hojas que quisieran hablar.
Dejé el cuaderno a un lado y seguí el sonido. Caminé hasta un rincón donde dos senderos se dividían, uno hacia un pequeño laberinto de setos, y otro que llevaba a una especie de fuente antigua, medio cubierta por hiedra y musgo. En el agua, noté pequeñas luces que titilaban bajo la superficie, como si minúsculas luciérnagas se hubieran perdido en el estanque.
Me acerqué despacio y, sin esperarlo, una figura diminuta emergió del agua. No sería más alta que mi dedo pulgar. Vestía un vestido hecho de pétalos y tenía una corona de ramas pequeñas. “¿Quieres venir conmigo?” preguntó con voz dulce que parecía viento jugando entre las hojas.
Mi corazón se aceleró, pero algo en sus ojos, tan curiosos como los míos, me invitó a seguir. Tomé su diminuta mano y, de repente, un torbellino de viento nos levantó suavemente y me encontré flotando, no lejos del lago del Retiro, sino frente a una fachada que reconocí al instante: la Sagrada Familia. Pero no como la conocía, sino en un pequeño universo paralelo donde las torres se retorcían como ramas y las figuras talladas susurraban en lenguas antiguas.
La hada me llevó hacia uno de los vitrales, donde los colores danzaban con frenesí. “Cada piedra aquí guarda un deseo,” dijo, “y si dibujas uno con el corazón abierto, puede cumplirse.” Saqué mi cuaderno y dibujé una torre que, en vez de ser de piedra, era un árbol gigante que se elevaba hacia el cielo, con nidos y pájaros que cantaban al viento. La hoja cobró un brillo tenue y sentí que algo vibraba dentro de mí.
Entonces, sin aviso, el viento me llevó de nuevo, esta vez al sur de la ciudad, a la Alhambra. No la que está sobre colinas lejanas, sino una más pequeña, escondida entre los callejones de Llanura del Viento, un palacio secreto al que solo llegan aquellos que creen en lo invisible. Allí, pasé por un patio con azulejos que brillaban con reflejos de otras eras, tan vivos que casi podía escuchar risas de niños de hace siglos.
La pequeña hada desapareció, y yo me quedé contemplando todo, completamente absorta. Sentía que la ciudad misma me estaba contando un cuento, pero no uno que se cuenta en voz alta: era un lenguaje de luces, texturas y sonidos suspendidos en el aire.
De regreso a casa, bajo el último resplandor del atardecer, me senté en el banco y tomé mi cuaderno. Lo que había vivido parecía una mezcla de sueño y realidad, pero los dibujos allí eran más reales que cualquier fotografía. Me di cuenta de que la Llanura del Viento no es solo un lugar para ver. Es un espacio para sentir, para escuchar el rumor de las piedras y el volar de la imaginación.
Antes de cerrar el cuaderno, escribí en una esquina: “Aquí, donde el viento susurra, el mundo es más grande de lo que los ojos pueden alcanzar.”
Y así es como aprendí que explorar no siempre significa ir lejos. A veces, solo hace falta abrir un cuaderno y dejar que la ciudad te lleve a lugares que solo ella conoce.
Nota: Este relato es una obra de ficción. Los lugares mencionados existen y pueden visitarse.
